Tus manos
A mi yaya, porque siempre me reconoció en cada uno de mis pedazos.
TenÃa ocho años cuando me sacaron aquella madrugada del quirófano. Lo primero que recuerdo fueron tus manos cansadas sosteniéndome en el hospital. Estaba tan mareada, que los colores vibraban como luciérnagas en un candil. PodÃa, incluso, escucharlas golpear el vidrio tratando de escapar. El blanco de las sábanas se fundÃa con el marrón de los azulejos del suelo hasta cobrar vida. Blanco, como el olor a desinfectante de la habitación. Marrón como el tinte de tu pelo, con su moldeado de peluquerÃa. Antaño se hacÃa asÃ, por eso acudes todas las semanas. Recuerdo, además, el dorso de tu mano. De él sobresalÃa el azul de tus venas sobre el cielo despejado. Tan gruesas como raÃces.
Y entonces me mirabas. Te gustaba mirarme sin intercambiar los ojos. Cuando nuestras pupilas se entrelazaban, clavabas la vista en las baldosas. Tus cuencas húmedas, diminutas, con pequeños detalles dorados sobre el iris, que reflejaba la luz del flexo de la habitación. Me hablabas en voz alta, con la certeza de que podÃas hacerlo todo tú. Y yo, en cambio, dejé que me llevaras al cuarto de baño con el gotero todavÃa en mi brazo. Supongo que querÃas hacer desaparecer el olor que se queda sobre la piel después de una cirugÃa, porque el cuerpo recuerda antes que la mente dónde habÃa sido herido. Me podÃa imaginar el bisturà clavado sobre mi carne, más afilado que una navaja. Y la gasa recogiendo la sangre, limpiando, como si de aquella forma pudiera también arropar la vida.
Pero ahora han cambiado mucho las cosas. Ahora son mis manos las que te sostienen. Pálidas, con los dedos largos y las uñas mordidas. Busco cuidarte con el miedo que tiene una niña a vendar una herida quizá demasiado grande. Y ese temblor que nace en mÃ, no en ti, cuando te llevo del brazo por los pasillos estrechos de la casa. Ese impulso de peinarte el pelo, de acercarte un vaso de agua, de vigilar que respires hondo mientras duermes la siesta en el sofá. A veces te encuentro llorando, porque te atormenta la culpa de sentirte dependiente. También sé que tienes miedo de que la muerte se acerque sin pedirte permiso.
Quiero lavarte la culpa, como hiciste con el miedo que tenÃa yo con ocho años. Pero yo, con estas manos torpes —delgadas— hechas con más duda que firmeza, no alcanzo a devolverte el gesto. Asà que miro hacia las tuyas; acaricio todas sus arrugas, mientras a mi mente regresa esa mujer con el moldeado perfecto, recién hecho en la peluquerÃa. Es entonces cuando llego a la conclusión de que, pase lo que pase, voy a sostenerte hasta que crezcan tulipanes entre tus dedos.



MarÃa, qué texto tan potente. Has construido una pieza de autoficción que funciona por su estructura circular y su sobriedad emocional.
Lo que más me fascina es cómo usas las manos como eje narrativo que sostiene toda la reversibilidad temporal del cuidado. No es un recurso decorativo: es arquitectura. De las manos de tu abuela sosteniéndote con ocho años en el hospital, a las tuyas —"torpes, delgadas, hechas con más duda que firmeza"— intentando devolverle ese gesto décadas después. Esa simetrÃa no solo estructura el texto, lo dota de significado.
Me parece especialmente agudo ese detalle de la mirada oblicua: "Te gustaba mirarme sin intercambiar los ojos." Ahà hay una forma de amar sin invadir, una delicadeza que dice mucho más de lo que explicita. Y luego está esa lÃnea asoladora: "el cuerpo recuerda antes que la mente dónde habÃa sido herido." Es pensamiento en prosa, no solo narración.
Lo que eleva este texto por encima de la autoficción complaciente es que no idealizas el cuidado. Señalas la culpa de tu abuela por sentirse dependiente, tu propia insuficiencia al intentar sostenerla. No hay heroÃsmo, hay fragilidad mutua. Y esa honestidad es lo que hace que el texto respire.
Gracias por compartirlo. Es escritura que exige lectura atenta.
Un abrazo enorme!,
ElÃas.
Precioso.
He recordado a mis abuelas, esas señoras de negro que estuvieron ahà durante toda mi infancia, adolescencia y primeros años de adultez. Esas señoras a las que siempre vi ancianas, con las manos arrugadas de tanto trabajar, porque sÃ, ellas no solo trabajaron: se deslomaron por su familia. Esas señoras que me llenaban de historias y buenos consejos, muchos de los cuales entendà más tarde. Y a las dos las acompañé en su lecho de muerte, literalmente, igual que ellas nos acompañaron a nosotros cuando nos cuidaban.