El algoritmo
Llevo horas tendida sobre el colchón, que se ha convertido en una lápida de hielo. Las sábanas son un reguero de lenguas, que me lamen sin hacer ruido. Me deshago entre ellas hasta convertirme en agua turbia, esperando desaparecer. El somier cruje, como las vértebras. Aquí solo hay huesos: en la madera, en las esquinas, en mi maltecho cuerpo. Quiero ser un cadáver tirado en el suelo. La luz entra sin pedir permiso para recordarme que hay un afuera. No quiero el afuera. Las ortigas crecen desde mis dedos. El trigo se desvanece, muy hondo, entre mis piernas.
Frente a mí, el armario proyecta una sombra, que se yergue sobre la pared como un monstruo encorvado. Tiene las orejas largas, idénticas a las del duende de un cuento. A su lado, la silla del escritorio está cubierta de ropa. Las telas forman un vientre en su estructura. Grávida, de un peso carnal. Sigo sola, aunque repetírmelo no cambie nada. Tengo a la soledad sentada sobre mi esternón, aplastándome los pulmones. Los muebles quieren morderme. Devorarme. Deshacerme. El escritorio abre la boca de fiera. El armario extiende las puertas como brazos famélicos, hacia su propia oscuridad. Quiero entrar. Convertirme en madera, polvo y silencio. Pero no soy capaz ni de eso. Me falta coraje para desaparecer.
El techo me devuelve mi propio peso, y yo lo acepto como todo lo que no elegí. Entonces, vuelvo a mirar el Instagram. Otra vez. Como quien aprieta la herida para comprobar si todavía sangra. Tu nombre aparece en Recomendados. ¿Me vas a volver a bloquear? ¿Eres tú o el algoritmo, que se burla de mí? Aquella madrugada hablé de más. Lo recuerdo porque sentí alivio mientras te hacía daño. Las palabras me salían calientes, afiladas, orgullosas. Tú me mirabas en silencio, con las pupilas de vidrio mojado. Ahora sé que llorabas. Llorabas sin lágrimas; como lloran algunos animales antes de morir.
Tenías las manos enormes; dedos largos, nudillos marcados, uñas demasiado cuidadas para alguien como tú. Eras pálido, aunque menos que yo. El pelo negro y espeso; el mismo negro de esta habitación. Cuando pasaba los dedos por él, notaba la ternura de las cosas destinadas a romperse. Como si el tacto contradijera todo lo demás. Tu barba me raspaba las manos cuando me tocabas. Me irritaba la piel de los muslos, las corvas, la curva del hueso de la cadera. Tu voz era grave hasta el exceso, como si cada palabra naciera rota de tu faringe. Más aire que sonido. Más sombra que voz.
Todavía recuerdo el sonido de tus pasos en la habitación. Las perchas chocando. El rasgar de la cremallera de tu mochila. La puerta cerrándose, sin más. Te lo llevaste casi todo, pero no. Quedaron tres camisetas dentro del armario, que me puse con la esperanza de retener tu olor. El suavizante del Family Cash, tu colonia de Jean Paul Gaultier, el aroma tibio de tu sudor. Quiero encontrarte esperándome entre toda esta penumbra. Mirar hacia el fantasma que me dejaste en el escritorio, y sonreír. Conservarte en el eco ronco que araña el gotelé de las paredes. Girar la cabeza demasiado rápido, para verte en este lugar. Pero ya es demasiado tarde, y yo no debí de mandarte aquel mensaje. No después de cinco años. No después de ver aquella foto en Instagram y sentir cómo algo muerto abría los ojos en su ataúd.
Son las tres de la mañana y sé que no me vas a contestar. Tengo los ojos rojos, con sus esquinas llenas de humedad. Me quedo quieta. Las promesas se enfrían antes de caer. El armario cierra los brazos. Los muebles ya no tienen ganas de comer. Solo me queda esta habitación, que respira igual que la fiebre, y yo dentro de ella, ocupando el lugar de la enfermedad. Apago la pantalla y tu nombre desaparece. Pero el algoritmo lo sabe, así que mañana te volverá a recomendar.



El algoritmo no tiene frío, ni hambre, ni sueño, pero a veces funciona como un espejo cruel: nos devuelve justo aquello que todavía no hemos conseguido dejar de mirar.
Gracias por llevarnos a ese cuarto, a esa espera tensa, a ese dolor que no se explica desde fuera. Hay algo muy poderoso en cómo la habitación se vuelve cuerpo y la pantalla, herida.
Me encanta María ... No te conocía este estilo, siempre me sorprendes.
Me sentí como en sueño lucido que no diferencia de la realidad.
Un viaje astral o parálisis de sueño.
Me pasa mucho.
Niño viajaba periódicamente conocía una técnica para forzarlos pero un día me pasó algo que me dio miedo y pare ...ahora me sucede de vez en cuando, pero sin control...algunas veces me dan mucho miedo ...o hay algo oscuro latiendo como en tu relato ..pero otras me llevan a lugares de mucha paz o hago cosas que transmiten calma... Casi siempre me acompaña alguien me muestra un grimorio antiguo y gastado, lo leo pero no recuerdo lo que dice, solo una extraña sensación de paz y conocimiento y en otras corro hasta volar... Y despierto muy feliz, muy contento...
Saludos 💞✍️....