Cuarenta y ocho
Había cuarenta y ocho versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia. Me miraban con una certeza incómoda, casi violenta; tú eres la copia. Lo decían con la boca abierta y el lenguaje torcido. Un verbo, un sujeto, un predicado. Oración copulativa. Seguían hablándome. Yo las escuchaba, o fingía hacerlo, mientras algo en mí se deshacía. El lenguaje no me sostenía. Nunca había podido sostenerme, en realidad. Era una concha tirada sobre la arena, vacía en la orilla, como todo lo que ya no está. Sin embargo, ellas articulaban las letras con la violencia de saber que nombrar era lo mismo que poseer. Y en cada intento por entenderlas, algo cedía; justo donde las sílabas arañaban la cima de su paladar. Yo también había intentado hablar, alguna vez, en una habitación parecida a esta. Las palabras me salían encorvadas; como los huesos que soldaban mal y dolían más que antes de romperse. Aprendí que el lenguaje era un cuerpo, y que los cuerpos mentían. Que nombrar no resolvía; solo dejaba una marca. Como cuando mordías algo demasiado duro y el dolor llegaba después, cuando ya no quedaba nada entre los dientes.
Estábamos atrapadas bajo el foco blanco del techo, que nos dejaba a todas en el mismo lugar. Inmóviles, expuestas; éramos la pieza central de una exposición. Pálidas; atravesadas por alfileres de punta roma. Sin embargo, ninguna de nosotras tenía una sombra que proyectar. Así que dudé —o dudó alguna de nosotras por mí —, porque si no había sombra, ¿qué le quedaba a lo demás? Quizá no éramos más que un trazo; un esbozo de carboncillo que alguien abandonó a la mitad. O la postal de navidad que me trajeron el año pasado y dejé guardada en la mesita de mi habitación. Pero seguíamos mirándonos; quietas. A la espera de que alguna de nosotras descubriera el secreto para ser real.
Algunas llevaban el pelo largo, recogido en una coleta alta. Liso. Tan brillante que no parecía de verdad. Los ojos verdes, de lagarto. Las pestañas demasiado cortas para poder parpadear. Los labios secos, de lagarto también. No querían sonreír. Otras tenían el pelo naranja; no sabía si era el tinte o el tiempo deteniéndose en la raíz. Era un color que me devolvía a mamá; a su voz negándome alguno de mis caprichos. No te lo vayas a decolorar. ¿No ves que eres ya mayor? Pero mamá no está, y yo no tengo veinte años. Sin embargo, quería pintarme los labios de lagarto, aunque los reptiles no se supieran maquillar. Dibujarles un borde que ya no existía; forzarles una forma nueva para que los pigmentos pudieran descansar. Me preguntaba si ellas también atesoraban el sabor de una boca que no volvería. Si guardaban en algún lugar de su cuerpo la temperatura de alguien que en realidad nunca estuvo. La carne era torpe para olvidar; sabía retener lo que ya no servía, como el músculo que recuerda la forma de un peso que no es real. En algún lugar de mi esternón había algo que pesaba sin nombre. No era pena. Era una presión sorda; la misma que aparecía cuando el ascensor bajaba demasiado rápido y el aire no llegaba donde tenía que llegar. El eyeliner descansaba sobre la línea del ojo, luego caía. Se mezclaba con las legañas, porque había encontrado su lugar. Se quedaba. Acariciaba los pliegues de mis ojeras, donde las besaba como si todavía tuviera algo que tomar.
El cuarto empezaba a oler a metal. Era lo único que me molestaba, porque era la prueba de que todavía podía respirar. Las paredes seguían blancas; sin puertas, ni ventanas. Solo nuestro sol; el flexo del techo. Juez y verdugo. El gato en la caja, ¿existía de verdad? ¿Arañaba el cartón al caer la noche? Quería sacarlo de ahí, pero no sabía romper el precinto. No tenía cúter. Ni uñas. Ni siquiera una forma de pedir ayuda, por favor. Así que guardé silencio, para que nadie notara lo que me pesaban los labios. Había algo en mí que me impulsaba a responderles. Ellas lo sabían; por supuesto que lo sabían. Ellas siempre habían sabido todo lo que no pensaba decir. Seguíamos siendo carne y piel; demasiado reales, incluso siendo cuarenta y ocho. Cada vez las sentía más lejos de mí. ¿Y si les preguntaba quiénes eran? Oración copulativa, otra vez. Ser es solo un estar que duró demasiado tiempo.
Las palabras se marchitarían debajo de su lengua, igual que las flores en un cementerio. Pero las flores no se comían. No tienen piel, ni huesos, ni tendones. Su corazón no late. De nuevo, necesitaba guardar silencio. Pero se empezaban a difuminar cada una de mis palabras. Quería largarme de aquí, pero en esta maldita habitación no había ni puertas, ni ventanas. Todo era de color blanco; no había nada fuera de su lugar. Me sentía tan expuesta frente al resto, que me hice un ovillo en el suelo. Como si pudiera desaparecer. Mamá decía que el silencio también ocupaba un espacio. Lo decía cada vez que nos quedábamos calladas, observando el hueco que crecía entre nosotras, que ninguna sabía cómo cerrar. A veces el silencio podía ser también consuelo. Un dulce, pequeño y tibio, que habitaba entre los espacios de nuestros dedos.
La habitación continuaba siendo blanca. Pero el blanco ya no era uniforme; temblaba. Frente a mí, eclosionaban los años. Cuarenta y ocho primaveras, que me condenaban desde diferentes lugares. Ni siquiera sabía si era la auténtica, porque mi pecho no estaba palpitando. Pero había una cosa de la que estaba segura: todas nosotras éramos quienes juzgábamos. Había algo que debía demostrar. Mis manos no eran de arcilla; podían abrazar a otros dedos. Otras manos. Mis pupilas se dilataban cuando les alcanzaba la luz del sol. Sin embargo, el foco seguía sin devolverme la sombra. Así que pensé que una copia no se distinguía por lo que era, sino por lo que no podía dejar de buscar. Llevaba toda mi vida mirando hacia el suelo, donde encontraba una certeza que no se atrevía a mirarme de vuelta.
Una de nosotras —o quizá todas al mismo tiempo— levantó apenas la barbilla. No del todo; solo lo suficiente para romper con la obediencia del suelo. No era un gesto heroico. Se sentía casi infantil; como quien dejaba de mirar el plato de macarrones porque escuchó su nombre en otra habitación. El aire cambió de sitio. Ya no olía a metal; ahora era más ligero. Se sentía parecido a la ropa limpia; recién sacada del tambor. No había luz nueva, pero aquel foco dejaba de parecerse a un juez. Cuarenta y ocho primaveras me miraban desde distintos lugares en este mismo instante. Las miraba de vuelta sin saber si sería yo o si eran ellas quienes me recordarían. El suelo era blanco, también. Demasiado blanco. Como si nunca hubiera sido pisado. Como si nuestras plantas no dejaran huella, porque no pesábamos lo suficiente para ocupar un lugar en esta habitación. Intenté arrastrar el pie, marcar una línea, pero se difuminaba mi trazo. Una de nosotras se rió. Sabía algo, porque había estado toda la vida aquí. Así que la vi. No era distinta, pero tenía sombra. Sus pies caían; pequeños, de anguila. Inclinó la cabeza, y me recordó a un animal.
Mi pecho, que no latía, ahora quería estallar. Tenía a un colibrí encerrado en mis costillas, que me empujaba para escapar. Me acerqué a ella. No había decidido acercarme; simplemente mis pies cayeron, también imperfectos, también pequeños. Y era aquel suelo blanco quien no registraba ninguno de los dos pasos que daba. Pero los hacía. El colibrí empujaba más fuerte cuando reducía la distancia, porque sabía que había algo al otro lado de mis costillas que se merecía abrir. Cuando llegué hasta ella, no me habló. Solo me miró. Y me di cuenta de que sus ojos eran exactamente los míos; de lagarto, verdes. Pero no estaban mirando hacia abajo. Estaban mirando aquí; hacia mí. Hacia donde yo estaba. Quise preguntarle ¿Quién es la real?, pero se esfumaron las palabras. Quizá lo auténtico no estuviera en el origen, sino en la herida. En quién sangra y quién lo deja pasar. En quién carga con el peso del nombre y quién lo suelta sin mirar dónde cae, como el que abre la mano sin saber que atesoraba algo. Yo siempre lo había cargado. Aunque no supiera qué sostenía. Aunque los brazos me temblaran de una manera que nada tenía que ver con el hielo.
El colibrí se detuvo. No escapó; se detuvo. Y había algo en aquel silencio que se parecía más a vivir que todo el empuje de antaño. Las cuarenta y ocho versiones de mí seguían iluminadas por el foco blanco. Ninguna tenía sombra, menos ella. Ahora yo también podía ver la mía; pequeña, torcida, pegada a mis talones como algo que aprendió a existir sin ser visto, y todavía no sabía que podía quedarse.



¡Qué imágenes evocas! Siempre es un placer leerte.
Como siempre, muy buena historia: surrealista y simbólica... Que da para pensar, mientras disfrutas las imágenes entre verbos y adjetivos.