Créditos finales
Era la última sesión del cine. El ambiente olía a humedad, y se espesaba conforme me aproximaba a la sala. Estaba adherida a las paredes, como si sudaran el aliento de quienes estuvieron alguna vez allí. La luz, tenue y amarillenta, combinaba con el olor a mantequilla de unas palomitas que descansaban sobre el mostrador. Me acerqué para mirarlas, incapaz de recordar cuándo fue la última vez que comí.
Clavé la vista en el cristal del mostrador para reconocerme en mi reflejo. Bajo la luz de aquellas bombillas desnudas, tenía la piel de nácar. Los ojos dorados, como una promesa de riqueza. Sonreí. Siendo tan bonita, no importaría ninguna de mis mentiras. Aquel era mi perfecto disfraz. Entré en la sala con ganas de que empezara la película. Había escogido una de terror, porque era mi género favorito. Quería deleitarme con las figuras torcidas, y las garras afiladas, y el horror en las pupilas de las víctimas.
La pantalla se iluminó, así que afiné mi oído para captar quién estaba ahí. Arriba a la izquierda, una pareja de adolescentes. A mi derecha, un cuarentón con la barba larga y tupida. En la fila de delante otro tipo, con una calva que destacaba, incluso, en la oscuridad. Cerré los ojos y abrí las aletas de mi nariz.
Entonces llegó una escena que me dejó helada. La chica corría. Su pelo rubio brillaba, a pesar de la poca iluminación. Después gritó, y huyó, y gritó. Pero el asesino llevaba un cuchillo afilado y ella era tan solo una ratoncita asustada; arrebatada por el sudor. Sus piernas la arrastraron calle abajo, en un plano holandés que me hizo sentir la tensión. Acercaron la cámara a sus ojos, a sus labios, a su piel. Llegó su grito desesperado pidiendo perdón. Sus piernecitas seguían sin ser suficiente. Y el verdugo estaba ya frente a ella, con el arma blanca. La mató. Fue tan explícito, que la realidad parecía desdibujarse. Nadie tenía los intestinos así de flexibles y tampoco la sangre fluía tan rápido. Ni tan roja. Pero era precioso cuando la mostraban así.
Cayó mi saliva en un reguero a través de la garganta. Carraspeé para disimular. Tenía mucha hambre. Estaba muerta de hambre. Me recosté en la butaca, intentando disimular la tensión. Pero mi estómago gruñía, completamente vacío. Quería que el calor palpitara entre mis dedos. Por fortuna, tanto el cuarentón como el calvo me miraron. En la oscuridad era donde más seguros se sentían y, paradójicamente, donde más asustada debería de estar yo.
La moqueta crujió a mis pies cuando me incorporé. Cada músculo se tensó, alerta y expectante, mientras el eco de mis propios movimientos parecía llenar la sala. Sentí la penumbra pegarse en mi piel, como si quisiera protegerme de los ojos ajenos, mientras me adentraba más en la oscuridad. La luz de la pantalla danzaba sobre nuestros cuerpos, recortando sombras que se deslizaban hasta confundirse con la mía. El aire olía a humedad, pero también a algo más, que parecía nacer de mi propio hambre. Iba a alcanzar su calor. A tocarlo; saborearlo; sentirlo dentro de mí. Aquella madrugada se iba a convertir en una velada inolvidable. De fondo, todavía podía escuchar la súplica de uno de los personajes principales, que estaba arrodillado mirando a los ojos del asesino. Sonreí.
Con la seguridad de conocer el mundo a través de la carne, me coloqué al lado del tipo con la barba tupida. Primero le toqué la cara, para ver si nacía en sus ojos algún reconocimiento. Pero no. Volví a sonreír. Mis dedos recorrieron su mandíbula con una suavidad calculada; siguiendo las líneas de su piel, como si cada centímetro pudiera contarme secretos que él desconocía. Noté un temblor apenas perceptible en su hombro, y aquello encendió algo dentro de mí. Mis labios rozaron su oreja, para susurrarle una promesa que tan solo yo podía comprender. Aquella fue mi advertencia. Su pulso latía bajo la piel, marcando el ritmo de mi propio deseo. El miedo floreció en su pecho igual que una herida abierta.
Nunca fui yo quien estuvo indefensa. Se lo dije, pero él no lo quiso entender. Con mi primer golpe sonó un chillido, que quedó silenciado por las puñaladas que asestaban en la película. El vergudo llevaba puesta una careta blanca, sucia por su cacería. La víctima cayó sobre la moqueta, en busca de consuelo. No lo había. Y tuve envidia, porque pronto estaría muerto. Yo nunca iba a conocer aquello. En cambio, el corazón de aquel desconocido, con la barba manchada de refresco, era un tambor que marcaba el ritmo de mi hambre. La sala parecía comprimirse; el eco de la pantalla se mezclaba con cada una de sus bocanadas de aire. Llegó entonces el aroma a metal, que paladeé como una caricia. Él, en cambio, extendió sus brazos, con ganas de tocarme pero sin poderme alcanzar. Cayó un reguero color vino, que atravesó las butacas hasta el suelo. Me recordaba al alquitrán; oscuro y brillante alquitrán.
Me incorporé mientras me lamía todos y cada uno de mis dedos. Tenía el vestido, azul celeste, manchado como prueba de mi travesura. Aquello no se iría sin pasar por la tintorería. Despacio, me senté al lado del señor con la calva en la coronilla, a quien quise tomar con una dulzura que solo podía concederle a aquello que se iba a romper. Se giró hacia mí, demasiado desconcertado para comprender lo que iba a suceder. Le sostuve la mirada tan solo dos segundos, para medir el pulso bajo su piel. Entonces, quise demostrar por qué los intestinos no eran tan flexibles, y tampoco la sangre fluía tan rápido. Lo desollé. Las imágenes de la pantalla querían competir con mi espectáculo improvisado; cada plano, cada estruendo, estaba jugando a su favor. Sorbí su sangre despacio, paladeando lo espesa que era.
Me había olvidado ya de la pareja de adolescentes, que me miraban como lo haría un cervatillo frente a los faros de un coche. Sus pupilas relucían tanto que creí ver reflejada en ellas a la misma luna, a pesar de que estuviéramos cerrados a cal y canto. Tenían las manos aferradas al reposabrazos, como si al sujetarse pudieran retener un hilo de cordura. Entonces, llegaron los créditos finales. Las luces se encendieron y la sala permaneció en absoluto silencio. Quedó a la vista la prueba de mi delito: dos cuerpos todavía calientes. Las tripas desbordadas. Las pupilas dilatadas, abiertas, en una mueca de quien todavía no aceptaba estar muerto.
De nuevo, los adolescentes me miraron. El miedo quemaba en sus ojos, temblaba en sus labios; en la certeza de lo que estaba por llegar. Se aferraron al silencio, como si contener las palabras pudiera retrasar lo inevitable. Caminé hacia la salida con pasos lentos, disfrutando de cómo resonaban sobre la moqueta mojada. ¿Podría aquella quietud salvarles? Ninguno de los dos sería tan valiente de mencionar lo que sucedió. Con cada paso que daba, la iluminación devolvía mi reflejo sobre los charcos de sangre. Crucé mi mirada con ellos por última vez. Callados e inmóviles, se fueron apagando con la última línea de la pantalla. Y, mientras los créditos rodaban, me quedé sola frente a las butacas.



¡Brava! Ya te lo dije. No te había leído en este género y te defiendes muy bien. Enhorabuena. Un besote.
Es un pasada. La forma en la que cuidas cada frase... Es muy sensorial. Es un relato que casi se puede oler y saborear, estar ahí, dentro de la piel de ella. Impresionante!!!