Carnero
La casa estaba inmaculada. El suelo, reluciente. Nada desordenado; todo en su lugar. Afuera hacía frío; podía sentirlo sobre mi carne, afilado como una navaja. Encendí la calefacción; los cristales se empañaron. El viento, que parecía el aullido de un lobo hambriento, estaba listo para hacer travesuras. Soplaré y soplaré, y la casa derrumbaré.
La casa seguía inmaculada. El suelo, reluciente. Nada desordenado; todo en su lugar. Ahora, vibraban las ventanas. Fuera, lejos, escuché el chirrido de un cordero. El vaho, atrapado en el vidrio, guardaba las lágrimas como cuentas de un collar. Soplaré y soplaré, y la casa derrumbaré.
La casa seguía inmaculada. Y yo creí ver las orejas del lobo, que se insinuaban a través del marco de la puerta. Soplaré y soplaré, y la casa derrumbaré. Guardé silencio. Irrumpió el frío sobre el reluciente suelo de la ordenada habitación. El hielo me quemó desde las mejillas hacia el puente de mi nariz.
La casa ya no estaba inmaculada. Ni el suelo reluciente. Con un escalofrío que me recorrió las entrañas, descubrí que no había donde soplar. Ahora, los cimientos temblaban como un carnero. Y el lobo había entrado sin dejar rastro, porque era mi propio reflejo sobre la superficie del cristal.



bellísimo! Más cuentos así :)
La casa estaba inmaculada… como tu cuento.
Felicidades.